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Devocional14 abr. 2026

HAY UN LUGAR PARA NOSOTRAS

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Abg. Yarelis Romero de Gonzalez

La mujer que sirve a Jesús en el ministerio es un hermoso ejemplo de fe, entrega y amor. A lo largo de la Biblia y también en la actualidad, vemos mujeres que, con un corazón dispuesto, han decidido seguir a Cristo y servirle en diferentes áreas, usando los dones que Dios les ha dado.

Ellas sirven con humildad, enseñan, oran, apoyan y llevan esperanza a otros. Su vida refleja el carácter de Jesús y muestra que el servicio a Dios no depende del género, sino de un corazón dispuesto a obedecer y amar.

Hoy, el ejemplo de estas mujeres nos inspira a seguir a Jesús con pasión y fidelidad, sirviendo donde Él nos llame con amor y compromiso. Una de ellas es el gran ejemplo de Débora.

DÉBORA: fe, valentía y liderazgo en tiempos difíciles.

Cuando pensamos en una mujer sirviendo en el ministerio, vienen a la mente cualidades como fe, valentía, fuerza, firmeza, fidelidad y sabiduría.

Un gran ejemplo es Débora. En un tiempo difícil, ella se levantó con valentía para guiar a su pueblo. Como profetisa y jueza, escuchaba a Dios y actuaba con sabiduría.

Débora animó a Barac a confiar en Dios y a cumplir su propósito. Su liderazgo no solo impactó a una persona, sino a todo un pueblo.

Hoy su ejemplo nos recuerda que Dios puede usar a mujeres con fe y determinación para hacer grandes cosas. Nos inspira a confiar, ser valientes y cumplir el llamado que Dios nos ha dado.

En la Biblia, en el libro de Jueces, vemos el contexto de su historia: el pueblo de Israel hacía lo malo ante los ojos de Dios y era oprimido por Jabín, rey de Canaán, y su capitán Sísara. Durante veinte años, Israel sufrió hasta que clamó a Dios. En ese tiempo, Débora gobernaba Israel como profetisa y jueza, y el pueblo acudía a ella para juicio.

No era un momento fácil. Era una responsabilidad grande y desafiante, incluso confrontante para la sociedad, pero ella no se detuvo. Sabía que era su tiempo y su llamado. No solo gobernó, sino que también anunció por medio de la profecía la victoria, la cual vendría a través de otra mujer llamada Jael.

¡Qué extraordinario! Dios ya había trazado la victoria.

¡Hay un lugar para nosotras! Hay un llamado de Dios para cada una. No se trata de ocupar un espacio vacío, sino de un lugar diseñado por Dios para nosotras.

Desde la creación, Dios estableció su propósito para el hombre y la mujer, como dice (Génesis 1:28) que ambos fueran bendecidos, fructificaran y gobernaran la tierra.

La bendición fue para ambos, pero el pecado trajo consecuencias. Sin embargo, con la venida de Jesús, esa bendición fue restaurada por medio de su sacrificio en la cruz. Por eso hoy podemos acercarnos con confianza y servir en el ministerio de Cristo.

Para responder a ese llamado es necesario callar las voces y tener seguridad.

CALLAR LAS VOCES

Una de las cosas con las que tenemos que lidiar las mujeres son esas voces que nos hablan continuamente, y que no vienen solamente de las personas de afuera, sino también de esa voz interna que dice: “no puedes”, “no lo vas a lograr”, “no estás capacitada”, entre muchas otras cosas.

Solo al ver la vida de Débora, todo estaba en contra, pero ella habló aún más fuerte. Estaba convencida, “estaba segura” de estar en el tiempo correcto y en el lugar correcto, y para ella eso fue más que suficiente. “La seguridad habla más alto que los pensamientos”.

Su seguridad venía de su Dios. Él la escogió, así como a ti y a mí.

TENER SEGURIDAD

En (Lucas 7:36–50)  hay una historia muy conmovedora. Jesús es invitado a comer a la casa de un fariseo llamado Simón. Durante la cena, una mujer conocida como pecadora entra al lugar. Con humildad, se acerca a Jesús, llora, lava sus pies con sus lágrimas, los seca con sus cabellos y los unge con perfume.

Simón se sorprende y juzga en su corazón a la mujer, pero Jesús le enseña una lección sobre el amor y el perdón. Le muestra que quien más es perdonado, más ama.

Su historia nos muestra que nadie está demasiado lejos para recibir el perdón de Dios y que en Jesús siempre hay restauración y esperanza.

No fue fácil para esta mujer entrar en un lugar donde no había sido invitada. Sin embargo, cuando se presentaron las voces de acusación por parte de Simón, Jesús las calló por completo.

MÍ TESTIMONIO

Estoy casada desde hace 16 años con un hombre extraordinario. En los primeros años de matrimonio, sin saberlo, en mi vientre se engendró vida, pero un dolor muy fuerte marcó el final de ese embarazo. Han pasado los años y seguimos creyendo que Dios hará el milagro. Cuando Dios nos dio el privilegio de ser ungidos como pastores, hubo una lucha interna con esa voz que decía: “pastores sin hijos, sin evidencia del milagro”.

Pero gracias a Dios, Él no nos juzga por lo que tenemos, sino por lo que somos. Somos sus hijos, sus siervos.

Y Él me ayudó a silenciar esas voces con esta promesa de fe: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad” (Colosenses 2:9–10).

Ahora estoy segura, no me falta nada, estoy completa en Cristo.

Hoy pastoreamos juntos con pasión y entrega desde hace 4 años, y Dios nos ha bendecido abundantemente desde que decidí servirle con todo mi corazón y amar la obra del ministerio de Cristo.

En Cristo estamos seguros y completos

Ps. Yarelis Romero