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Devocional12 sept. 2026

CORAZÓN, ¿CÓMO TE VA?

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Lucelys Causil

A veces nos preocupamos mucho por cómo estamos por fuera: cómo nos ven, qué hacemos, qué hemos conseguido o qué imagen transmitimos. Podemos aparentar estar bien delante de los demás, pero Dios mira el corazón. Él conoce lo que llevamos dentro.

Y quizá hoy sea un buen momento para detenernos y preguntarnos: ¿qué tipo de corazón estoy cultivando?.Esta frase me hizo detenerme y mirarme por dentro:

“Guardaos, pues, que vuestro corazón no se infatúe…”(Deuteronomio 11:16).

En este contexto, la palabra “infatuarse” se refiere a llenarse de orgullo, soberbia y autosuficiencia. Es cuando el corazón comienza a creer que puede hacerlo todo por sí mismo y deja de depender de Dios.Un corazón así puede dejarse engañar fácilmente y llevar a la persona a alejarse del camino correcto.

A veces, sin darnos cuenta, el orgullo nos hace creer que podemos con todo y que no necesitamos dirección. Pero el corazón también puede engañarnos cuando dejamos de escuchar a Dios.Por eso, más que preguntarnos cómo nos ven los demás, debemos preguntarnos:

¿Cómo está mi corazón delante de Dios?

¿Estoy escuchando su voz? ¿Estoy permitiendo que Dios corrija aquello que necesita cambiar? Dios no mira solamente lo que mostramos por fuera. Él mira lo que realmente somos por dentro.

Hoy puede ser un buen día para detenernos, examinarnos y decirle: Señor, muéstrame cómo está mi corazón y ayúdame a mantenerlo cerca de Ti.

DOS CORAZONES, DOS MANERAS DIFERENTES DE VIVIR

Hay historias en la Biblia que nos hacen detenernos y pensar: dos personas pueden crecer en la misma familia y, aun así, elegir caminos completamente diferentes. La historia del rey Acaz y su hijo Ezequías es una de ellas.

Acaz tuvo un corazón que se apartó de Dios, pues tenía un corazón inclinado al engaño. La Biblia dice que hizo lo malo ante los ojos del Señor. Un corazón malo no siempre comienza con algo grande. A veces comienza con pequeñas decisiones, con aquello que vamos permitiendo, justificando o escondiendo.

Cuando dejamos de escuchar a Dios, nuestro corazón puede hacernos pensar que tenemos el control, que no pasa nada, que podemos alejarnos un poco de Dios sin consecuencias. Pero un corazón que se aleja de Dios fácilmente termina buscando dirección en otros lugares (2 Reyes 16:2). Y aquí está lo que más me llama la atención: Ezequías, su hijo, no permitió que el mal que había visto en su casa determinara el hombre que él sería.

Así fue mi padre, así me tocó vivir y así seré yo. Pero no lo hizo. Al contrario, eligió otro camino. Hizo lo recto ante los ojos de Jehová (2 Reyes 18:3).

La historia de Acaz nos invita a mirar hacia dentro y preguntarnos con sinceridad:

¿Hacia dónde se está inclinando mi corazón? Porque nuestros pasos muchas veces terminan siguiendo aquello que primero dejamos entrar en el corazón. Y quizá hoy necesitamos hacer una pausa y decir: Señor, muéstrame si mi corazón se está desviando. No quiero caminar según mis propios deseos; quiero volver a caminar contigo.

Hoy puede ser un buen día para detenernos y preguntarnos: Corazón, ¿cómo te va?

¿Estás siguiendo las heridas del pasado o estás siguiendo a Dios?

¿Estás repitiendo patrones o estás permitiendo que Dios escriba algo nuevo en ti?

EL CORAZÓN: LO QUE DIOS QUIERE TRANSFORMAR

Hay momentos en los que ni siquiera nosotros mismos somos capaces de reconocer lo que está ocurriendo dentro de nosotros. Podemos pensar que estamos bien, justificar nuestras reacciones o acostumbrarnos a ciertas actitudes sin darnos cuenta de lo que realmente está pasando en nuestro corazón. Por eso, el salmista David hacía una oración muy especial:

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos.”

(Salmo 139:23). David entendía que necesitaba que Dios examinara aquello que él mismo no podía ver.

Un corazón engañoso

“Yo estoy bien; el problema son los demás.”

Nuestro corazón puede justificarnos, hacernos creer que siempre tenemos la razón o llevarnos a esconder aquello que necesitamos reconocer.

La Biblia dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”(Jeremías 17:9).

A veces creemos que el problema está afuera, en los demás, en las circunstancias o en lo que nos hicieron. Pero Dios quiere llevarnos a mirar primero hacia nuestro interior.

Un corazón endurecido

“Yo sé lo que hago; nadie tiene que decirme nada.”

También existe el corazón que, poco a poco, se va endureciendo. Después de tantas heridas, decepciones o desilusiones, comienza a cerrarse.Dios le habla una y otra vez, pero la persona se niega a obedecer, deja de confiar y empieza a vivir a la defensiva.

A veces pensamos que endurecernos nos protege del dolor, pero también puede impedirnos recibir amor, perdonar y permitir que Dios transforme nuestra vida.

Quizá detrás de algunas de nuestras reacciones hay un corazón cansado, herido o decepcionado que necesita volver a sentirse seguro en las manos de Dios.El Dr. Derek Prince enseñaba que Satanás puede construir prejuicios en nuestra mente. Son pensamientos que se forman antes de conocer los hechos; ideas que quedan preprogramadas y que pueden impedirnos escuchar la verdad o considerar otra opinión.

Por eso, Dios nos advierte: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”

(Hebreos 3:15).Dios no quiere que vivamos encerrados detrás de las heridas del pasado. Él quiere darnos un corazón sensible a su voz.

Un corazón quebrantado

Podemos pasar de un corazón endurecido a un corazón quebrantado: un corazón humilde, rendido, arrepentido y dispuesto a hacer cambios. A Dios le agrada un corazón que reconoce su necesidad de Él: “Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”

(Salmo 51:17). David no pidió simplemente que Dios cambiara sus circunstancias. Le pidió que cambiara su corazón: ”Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí (Salmo 51:10).

Y esa puede ser también nuestra oración.

No solamente: Señor, cambia lo que está pasando a mi alrededor,sino:

Señor, cambia lo que está pasando dentro de mí.

Una promesa que restaura nuestro corazón

Hay una promesa maravillosa que puede cambiar nuestra manera de ver las cosas. Cuando Jesús ocupa el centro de nuestro corazón, Dios comienza una obra de transformación en nosotros.El Señor promete:”Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne”

(Ezequiel 36:26).

Un corazón de piedra es un corazón que ha perdido sensibilidad. Es un corazón que puede escuchar, pero ya no responde; que necesita ver para creer y que se resiste a confiar.

Eso podemos verlo en Tomás, quien dijo: ”Si no viere en sus manos la señal de los clavos… no creeré”(Juan 20:25).Pero Dios puede transformar ese corazón de piedra en un corazón sensible a su presencia y dispuesto a creer.Jesús dijo:”Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”(Mateo 5:8).

Tener un corazón limpio no significa ser una persona perfecta. Significa vivir con un corazón sincero delante de Dios, dispuesto a reconocer sus errores, pedir perdón, cambiar de dirección y volver a empezar.Un corazón limpio es un corazón que no necesita esconderse de Dios.

Quizá hoy te identificas con un corazón endurecido.Quizá hay áreas que has mantenido escondidas.Quizá estás cansado, herido o decepcionado.Quizá reconoces que necesitas volver a Dios.No importa cómo esté tu corazón hoy. Dios todavía puede transformarlo.

Él puede transformar un corazón perverso en un corazón recto y sincero; un corazón endurecido en un corazón quebrantado y humilde; un corazón herido en un corazón restaurado; y un corazón de piedra en un corazón de carne, sensible a su voz y dispuesto a cambiar.Por eso, hoy podemos hacer nuestra la oración de David: Señor, examina mi corazón. Muéstrame lo que yo no puedo ver y transforma en mí todo aquello que necesita cambiar. Crea en mí Señor un corazón limpio y renueva un espíritu recto dentro de mí. Amen.

“…Los de limpio corazón verán a Dios.”

— Ps. Lucelys Causil